Compañeros Desaparecidos

Julio Molina, Pablo Musso, Ramón “Moncho” Pérez, María Cristina Bienposto, Jorge Antonio Brinoli, Rodolfo Ernesto Torres y José Nicasio Fernández Álvarez son nombres, apellidos, apodos, rostros de compañeros, amigos, esposos, hijos, padres, abuelos, tíos, sobrinos; de estudiantes, obreros, militantes que se pierden entre 30 mil para fundirse en una frase: “nuestros desaparecidos”. Todos.

Julio Molina, era un estudiante de Ciencias Agrarias, militante de la JUP y presidente de la FULZ, que vivía con su familia sobre la calle San Pedro (hoy Portugal), a media cuadra de Cerrito, en Temperley. Además de la Universidad, militaba en el barrio con su hermana Norma. Días después del asesinato de Hugo Hansen, Julio avisó a sus familiares que, por seguridad, ya no viviría en esa casa y que discontinuaría las visitas.

“Luego, durante un tiempo vivimos juntos en Avellaneda y militamos allí, pero fue un período muy breve. La verdad que no sabíamos mucho dónde paraba o dónde trabajaba. Sé que tenía una compañera, a la que me hubiese gustado conocer más, a la que llamábamos Mari”, relata Norma Molina. Y agrega: “No hay información exacta sobre su desaparición, pero tenemos el dato que estuvo aportando para la jubilación, legalmente, con nombre y apellido hasta mediados de abril de 1978. Figura como empleado de “La simbólica”, una vinería de Banfield. Ahí se pierden los rastros”.

La fecha en la que se llevaron a ‘el Gordo’ Molina no es precisa. En el libro “Las ideas no se matan”[1] se publica un fragmento de la denuncia de la madre de Julio ante la CONADEP: “La víctima fue vista por su madre en los primeros días de octubre de 1977. Al despedirse le dijo que la saludaba por el día de la madre porque no sabía si iba a volver”.

“El último contacto que tuve fue antes del mundial ’78. En esa oportunidad, me contó que vivía en Banfield, cerca de la avenida Larroque”, asegura, en el mismo libro, Norberto Norando, amigo y compañero de militancia.

“Era un clásico que en las reuniones con los compañeros de la Universidad aparecieran los Musso con los bombos y las guitarras”, recuerda Fernando Aguinaga.

Pablo Musso era el mayor de cuatro hermanos que formaban una familia obrera del Barrio La Perla de Temperley.  El padre había enseñado música en Tres Arroyos y quería que sus hijos aprendieran a tocar un instrumento. “Compró un pizarrón donde dibujaba los pentagramas y nosotros no queríamos saber nada, nos queríamos rajar a jugar a la pelota. Después nos fuimos enganchando”, recuerda Fernando, hermano de Pablo.

En el año ‘64, para una navidad, los vecinos hicieron una colecta y les regalaron un bombo y una guitarra que reemplazarían las latas y cacharros con los que hacía música la banda familiar. “A partir de ahí, todos las navidades y años nuevos íbamos por las casas y les cantábamos canciones. Creo que se terminaron arrepintiendo”, se ríe Fernando.

Pablo ingresó en 1973, junto a su hermano Miguel, con la primera camada de estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales. Musso ya militaba en la JUP y trabajaba en la fábrica FIFA, en Florencio Varela, donde también era delegado. “Me llevaba a las asambleas en la fábrica donde él hablaba. Convencía hasta las piedras, tenía una llegada a la gente que era impresionante. Era un líder”, describe el hermano. Norma, su madre, integrante de Madres de Plaza de Mayo, agrega: “era muy convocante, se jugaba por sus compañeros. Siempre organizaba peñas, asambleas o guitarreadas”.

En la madrugada del 25 de octubre de 1976 un grupo de tareas irrumpió en la casa de los Musso ubicada en Triunvirato 425, Temperley. Todo ese día el teléfono había estado sonando, pero cuando alguien atendía, colgaban.

“Unos días antes se habían llevado a dos compañeros de la fábrica donde trabajaba mi hermano. Entonces me acuerdo que nosotros le decíamos que se fuera a la casa de un tío en Córdoba, pero él que no porque no quería que nos pasara nada a nosotros”, recuerda Fernando.

De los cuatro hermanos, sólo estaban Pablo y Fernando durmiendo en la casa. Eduardo estaba haciendo el servicio militar y Miguel se había casado ese año y vivía a unas pocas cuadras.

“Abran Gendarmería”, gritaron. El padre de Pablo abrió y el grupo ingresó a la vivienda. “Lo tiraron a mi papá a un lado y se vinieron directamente a nuestra pieza –rememora Fernando- Entraron y le dijeron: ‘vos sos Pablo, vestite y vamos’. A mí me apuntaron con un arma y me hicieron poner de costado en cama, mirando hacia la pared. Los tipos destrozaron la casa y se robaron lo que pudieron. Me acuerdo que buscaban un mimeógrafo”.

La última frase que Fernando escuchó de su hermano fue: “Cuidá a los viejos”. Apenas se los llevaron, salieron a hacer la denuncia. A partir de ahí comenzó su búsqueda.

Alberto Pérez, hermano de Ramón –nombre que se ocultaba detrás del apodo que lo hizo conocido: Moncho- lo recuerda como “un tipo familiero”. “Le gustaban los almuerzos de los domingos al mediodía en la casa de mis viejos, en José Mármol”.

Ramón Moncho Pérez vivía detrás del Dispensario municipal de Temperley con su mujer y su hijo Daniel, que en el momento en que hicieron desaparecer a su padre tenía 5 años.

En 1973 ingresó a la carrera de Administración de Empresas que se dictaba en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLZ. “Como la mayoría de sus compañeros, era un laburante que estudiaba en la universidad. Él trabajaba en la Oficina Comercial de la Embajada de Cuba, estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas, donde también daba clases cómo ayudante de cátedra, y militaba en la Juventud Comunista”, cuenta Alberto, su hermano.

A las 4 de la mañana del 9 de noviembre de 1976, cuando Moncho se encontraba en su casa junto a su  mujer y su hijo Daniel, un grupo de tareas se hizo presente en su domicilio y se lo llevaron.

En una nota publicada por la Agencia de Noticias y Opinión de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNLZ,   Daniel rememora lo que pasó aquella noche: “Cuando explotaron la puerta de casa, papá salió enseguida porque sabía que lo venían a buscar”.

En la misma nota Daniel relata que los días previos al secuestro Moncho ya no dormía en su casa “porque sabía que los estaban persiguiendo”. “Estuvo ‘boyando’ de casa en casa para despistar a sus captores, pero no lo logró. La noche que volvió para dormir con mi vieja y conmigo, lo vinieron a buscar y se lo llevaron para siempre”, explica.
La familia y los compañeros no lograron saber dónde estaba. El único dato que se tiene es que, presuntamente, el mismo grupo de tareas habría secuestrado a Fernando Alvarez Pose Nicasio, también estudiante de Económicas de la UNLZ, una hora después del secuestro de Pérez.

Pérez cursó Derecho en la Universidad de Buenos Aires en 1966, fue delegado de la empresa Terrabusi y estuvo detenido durante el gobierno de Onganía por su actividad política.

Participó junto a Pablo Musso y Julio Molina – de la resistencia contra la intervención de la que llevó adelante el gobierno de Isabel Perón a través del ministro de Educación Oscar Oscar Ivanisevich, que pretendió poner freno a las actividades políticas de la juventud. Una de esas actividades fue la toma del Rectorado, un hecho en el que el 30 de marzo de 1974 fue asesinado el estudiante Hugo Hasen, el primer estudiante asesinado por el aparato represivo estatal.


[1]  Patricia Rodríguez. Las ideas no se matan: testimonios de familiares y amigos de desaparecidos de Temperley. 2006.

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